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mitos y leyendas













LO QUE LE PASÓ CON LA GALLINA





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la Mujer de Blanco

La Heroica Villa de Los Santos, mi pequeño y querido pueblo, con sus calles angostas, perfumadas por el embriagador aroma de jazmines, mudos testigos de miles de amores, ilusiones, pecados y fantasías.

Muchas son las historias que se tejen en sus rincones oscuros, especialmente en las noches cálidas de verano, cuando las calles parecen como salidas de las mas irrisantes leyendas de terror, solas... vacías... silenciosas... Ni los zumbidos de las moscas se escuchan.... calma... inquietante calma... El viento parece haber olvidado su camino, o quizás se detuvo en el bullicio de las fiestas de otras calles, o tal vez, perdió el rumbo y no pasará por mi terruño.

De pronto, y como era ya su costumbre, Manuel, un joven de escasos veinte años, deambulaba solitario por este desierto de asfalto agrietado, una tenue luz, de la lumbrera amarilla, deja descubrir su rostro, varonil, su tez morena, sus ojos negros, su cabello ensortijado y muy corto, su caminar pasivo, tal vez deleitándose con las centenarias casas de quincha, el humo brotaba de sus labios como una fontana, un cigarrillo a medias en la mano izquierda, camina... sonríe... me saluda como todas las noches, detiene su caminar solo por un instante --- ¿qué hora es? --- me pregunta, --- las doce y media --- le respondí. Siguió su camino, rumbo a su casa y yo decidí hacer lo mismo, abandoné la cansada y fría banca del parque Simón Bolívar y me dirigí a mi hogar.

A la mañana siguiente, me llama mi madre con voz serena: --- ¡mijita, despiértate!---, y en seguida me despedí de los tranquilos campos de Morfeo.

Cuando me disponía a disfrutar de mi desayuno, interrumpió mi ritual mi vecina, Marta, que con voz estridente se dirigió a mi:
--- ¡Rufina!, ¿Tu conocei a Manuelito el hijo de Merce el que vive en la calle de la CAMECO? ---
--- Un poco ¿ por qué? --- le respondí
--- Es que dice que anoche se le apareció el DIABLO cuando iba pa la casa
--- ¡Que diablo ni que diablo!, ¡déjate de estar con el bochinche y creyendo soquetadas!---

A eso de las tres de la tarde, ya la noticia se había propagado por el pueblo casi como la pólvora, y era el comentario obligado en todos lados, en la tienda, en la refresquería de Elida, en la casa de Ana, la billetera de la esquina, en las cantinas, por todas partes se comentaba la experiencia paranormal de Manuel, algunos decían con la mayor preocupación:
--- ¡Hay Dios mío, el diablo anda suelto!--- otros decían ---¡Hay que sacar al Santísimo Sacramento pa que se espante ese demonio!---. La gente también comentaba: ---¡Supiste fulanita, la mujer de blanco se le apareció Manuelito, el hijo de Merce!, ¡Se esta acabando el mundo!---.

Las señoras en los portales se reunían para comentar lo ocurrido, pero nadie llegaba a una conclusión: ¿era el diablo o la mujer de blanco?.

Finalmente, y ya llegada la noche, me dispuse a visitar a el afectado. Manuel esta en su casa, tranquilo, ¡cosa rara!, y dando un breve rodeo me dispuse a preguntarle por lo ocurrido a lo que respondió:
--- Ve, yo no sé que carajo era esa vaina, ¡pero de que me asusté, me asusté!.
Todavía sin poder comprender bien le pregunté: ¿pero qué fue lo que viste?, en ese momento sus ojos negros parecían más negros y el temor se reflejaba en ellos como nunca antes lo había visto, y me dijo:
--- Mira, yo venia caminando, como siempre, por esta calle, cuando de pronto en el patio de Pacífico Pérez vi una sombra blanca que caminaba entre los palos de tamarindo y tenía como una escoba o algo así en las manos, apuré el paso, pero esa vaina venía a balazo desde la parte de atrás del patio y de pronto me comenzó a llamar ---¡Manuelito!, ¡Manuelito!, ¡ven acá!---. Yo salí corriendo que si hubiera estado en las olimpiadas me gano el oro y más rápido que ligero me metí a la casa, ¡te juro que más nunca me agarran en la calle tan tarde de la noche!---.

Al escuchar su relato, no pude contener la risa y creo que eso le disgusto, por lo cual le pedí disculpas y al poco rato me marché.

Semanas después, Antonio, vecino de Manuelito, fue a visitar a su novia que vivía a la entrada del pueblo y entre una cosa y la otra se le hizo tarde. Su novia por molestarlo le dijo: ---¡Cuidao te sale la mujer de blanco!--- a lo que el respondió con una fuerte carcajada.

Cuando ya estaba llegando a su casa, pasó por la casa de Pacífico Pérez y, al igual que a Manuel, se le apareció una sombra blanca que se le acercaba, al ver esto, apretó las manos en los bolsillos, y también apretó los ojos, trató de rezar, pero no se acordaba de ninguna oración, y la voz se le acercaba cada ves más, ---¡Antonio¡, ¡Toñito¡, ¡ven acá!---. Antonio se llenó de valor, abrió los ojos y dentro de sí se decía: ¡A lo que Dios quiera!, se dio la vuelta y allí estaba LA MUJER DE BLANCO, pero un momento, no era un fantasma, ni una aparición.... Era Doña Gertrudis, la abuela de Pacífico, una anciana noventona que le había dado por no dormir el las noches y salía a barrer el patio en las madrugadas para entretenerse y llamaba a cuanta persona conociera y que pasara por esos lares para que la ayudaran a echar la basura en un cartucho , lo que la hacía ver más espectral era la sabana blanca que usaba para cubrirse del sereno. Antonio no pudo contener la risa que se tiró al suelo para reírse con ganas, eran tan estridentes sus carcajadas que los vecinos se despertaron y vieron el motivo de la risa de Antonio. Doña Gertrudis, con cara de desconcierto, solo miraba a la gente parada a su alrededor y les preguntaba ---¿qué le pasará a ese muchacho?, ¡ta como loco!---, pero al verla todos comenzaron a reír, y Doña Gertrudis se dio la vuelta, caminó hacia el patio y siguió barriendo.



Loira Selene Cigarruista Córdoba













































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